Estaba pasando la peor época de su vida. Cada noche, cuando se metÃa en la cama, pedìa no amanecer. Morir durante el sueño.
Se odiaba a sà misma por carecer de valor para quitarse la vida.
Fue entonces cuando descubrió el mundo de los juegos de cartas. Fue por casualidad, como ocurre con tantas cosas importantes. Alguien la invitó a unirse a una partida. Ella dijo que no.Que no sabÃa jugar a las cartas. Que nunca habÃa jugado a las cartas.
Pero jugó y descubrió que tenÃa cualidades. Era inteligente. PoseÃa una mente ágil y rápida. Su juego era brillante, deslumbraba a sus contrincantes.
Lo de menos era el premio. Lo más importante era el juego en sÃ. La estrategia. Observar a sus oponentes para adivinar qué mano llevaban y, al mismo tiempo, permanecer frÃa y hierática como una esfinge.
Para ella era como un deporte. Algo parecido al ajedrez.
Desde entonces formaba parte de un grupo de jugadores y todos los fines de semana jugaban. Se reunÃan en un hotel y pasaban horas y horas jugando.
Estaba formado por seis personas: cinco hombres y ella.
HacÃan pausas para comer, dormir un poco, tomar un copa, dar un breve paseo por la calle para oxigenar sus mentes y luego volvÃan a jugar.
Aveces invitaban a alguien para medirse con otros jugadores. En otras ocasiones ellos eran los invitados. Incluso habÃan competido con otros grupos, hay más gente de lo que parece aficionada al juego de cartas. En esos casos se apostaba mucho dinero y su grupo solÃa de la partida con una buena cantidad de dinero en la bolsa común.
Aquella pasión le ayudó a conocerse asà misma y salvar su vida.













21.09.08 @ 13:04