Al notar la usencia de peso los caballos se salen de las rodadas del camino que siempre siguen.
Faeton se asusta y ya no recuerda por donde debe doblar las riendas ni sabe por donde está el camino, ni aunque lo supiera sería capaz de obligarles a seguirlo. Tampoco sabe el nombre de los caballos. Cuando el carro del sol se acercó a la Tierra, vastas regiones ardieron de súbito. Campos y ciudades fueron presa de las llamas, y en poco tiempo, cultivos, arboledas, aldeas y urbes se transformaron en ceniza. Grandes humaredas se elevaron al cielo, y Faetón se desesperaba al comprobar la inutilidad de sus esfuerzos. Aferrado a las riendas, veía con espanto que los caballos se alejaban ahora de la tierra. Un frío intenso sembró la muerte sobre vastas regiones. Ni plantas ni animales sobrevivieron en ellas. Los hombres corrían despavoridos en busca de los rayos del sol, pero éstos eran tan débiles por su lejanía, que el calor era insuficiente para mantener la vida. Ya es arrastrado como un pino, ha soltado los frenos y se siente abandonado por los dioses. La luna se admira de que más bajos que los suyos vayan los caballos del sol. Los caballos de un salto en contrario sacan sus cuellos del yugo, rompen sus correas y se desatan.
Zeus, alertado por el clamor de los hombres, observa lo que ocurre, lanza su terrible rayo golpeando en pleno pecho al aficionado auriga. Faeton, con el pelo devorado por las llamas, cae en picado en el lado opuesto de su tierra.
Los restos de Faeton cayeron sobre toda la tierra.
A partir de aquel día su madre y hermanas dedicaron sus vidas a buscar los restos de su unico hijo y hermano.













29.06.06 @ 01:42