El joven Faeton estaba molesto con su padre, el dios Febo, encargado de conducir el sol y dar luz y calor a la tierra: jamás se detenía para saludarle, sonreírle o hacerle un gesto de cariño.
Sus amigos se reían de el. Decían que aquella actitud no era propia de un padre, que tal vez su madre le había mentido al decirle que era hijo de un dios. Tantas fueron las habladurías, que el propio Faeton comenzó a dudar.
Enojado, preguntó a su madre si, realmente Febo era su padre, para poder acallar las burlas. Su madre, Clímene, le abraza tiernamente y le jura que Febo es su padre, mas, si quiere confirmarlo del mismo dios, lo mejor es que se persone en la propia casa de su padre, y él mismo se lo confirme.
Faeton, loco de alegría, acepta el consejo de su madre, y parte al encuentro de su padre.
Febo recibió a su hijo en su sala esplendente, sentado en su trono de luz, vestido de púrpura, rodeado por las cuatro estaciones y las 24 doncellas, las Horas.
El padre le recibe sorprendido y pregunta cual es el motivo de su visita.
Faeton, intimidado por el lujo del que vive rodeado su padre, Febo, le expone sus dudas, sus temores con respecto a la paternidad o no del dios del sol.
Su padre le asegura, le jura por la laguna Estigia, la que separa el mundo de los vivos de el de los muertos, que es su padre. Que deseche de su alma toda inquietud.
-Y para demostrártelo te concederé un don: pídeme lo que quieras, cualquier cosa que desees te será concedida, como prenda de mis palabras.
El joven queda confundido: - ¿Queréis decir, padre mío, que me daréis lo que yo pida, no importa lo que sea?
-Así es, hijo mío. Dímelo.
Faetón no lo duda un momento: desea conducir el carro del sol.
El rostro del padre queda demudado. Se arrepiente al instante de las temerarias palabras pronunciadas.
- Hijo mío. Has ido a pedirme lo único que no te puedo dar. Mira a tu alrededor. Te daré cualquier otra cosa: fortuna, poder, inmortalidad, pero no puedo permitirte conducir el carro del sol, por que si tal hicieras, ten por cierto que perecerías.
Pero, el obstinado adolescente, desoyendo las súplicas de su padre, se niega a ceder. Su deseo es demostrar que tiene las mismas cualidades de su padre y que, por tanto, con la misma destreza guiará el carro del sol.
Febo, atrapado en su promesa, no puede hacer otra cosa que acceder:
A la hora señalada por Zeus, desde los tiempos más remotos, el carro del sol, regalo de Vulcano, dios del fuego y de la metalurgia, y que estaba hecho de oro, plata y piedras preciosas, estaba preparado para hacer su ruta diaria por los cielos.
Las veloces horas uncen a los feroces caballos que, alimentados con ambrosía, salen de su establo vomitando fuego.
Entonces el padre le ruega al hijo que, al menos, acepte sus recomendaciones
- Que Zeus te de fuerzas para mantener sujetos a los caballos durante la jornada entera. No descuides ni un instante las riendas. No te distraigas y, sobre todo, no trates de mirar hacia abajo. Por su natural tienden, los terribles caballos que llevan fuego en su interior, a correr sin rumbo, se firme con las riendas, piensa sólo en sujetarlos. Mantén la equidistancia, pues si te elevas demasiado, la tierra se helará, pero si, por el contrario, te aproximas en exceso, la tierra arderá. No te asustes de las grandes bestias que que viven en el cielo: el toro de grandes cuernos, el escorpión la gran osa…
Faetón ardía de impaciencia. Le cansaban ya las palabras de su padre. Con las riendas en su puño, firmemente sujetadas, esperaba el minuto preciso del comienzo de la carrera. Estaba seguro de que así lograría la consideración y el respeto que le negaban los hombres.
Al fin los corceles, Pirois, Eoo , Eton yFlegonte toman la ruta del cielo. Pero desde el primer instante notaron que algo no era como siempre, que el peso a transportar era más leve que el de costumbre. Al galopar mas ligeros los caballos comienzan a dar saltos golpeando como si, mas que ligero fuese vacío…
Qué será del pobre Faeton… continuará.













28.06.06 @ 18:47